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La otra vida de José Artigas: Paraguay

El 19 de junio se cumplirán 253 años del nacimiento de José Gervasio Artigas; esta es sin duda, nuestra fecha patria más importante.

Digamos de paso, y en relación a ella, que también es el día en que se realiza, cada año, la Promesa de Fidelidad a la Bandera Nacional por parte de los alumnos escolares de primer año; y se Jura Fidelidad al Pabellón Nacional, por parte de los alumnos de Primer Año de Ciclo Básico.

Pero, es muy curioso que cuando hablamos –o escribimos- sobre el Héroe, después de repasar toda su trayectoria más conocida al frente de la Revolución, entre 1811 y 1820 (apenas diez años de su vida), llegamos a ese último año de su lucha en tierra oriental; y a continuación se abre un gran paréntesis de misterio, que finaliza siempre con la frase clásica: “Se fue al Paraguay y allí vivió 30 años, hasta que murió el 23 de setiembre de1850”.

Llegados a este punto, hay que decir que Artigas tenía 56 años de edad cuando hizo este inmenso quiebre en su existencia. Había llegado a ser nombrado “Protector de los Pueblos Libres”; había logrado formar la Liga Federal, que integraban las provincias argentinas de Santa Fe, Córdoba, Entre Ríos y Corrientes, a las que se agregaban las Misiones Orientales y la Banda Oriental. Un territorio tan inmenso que es difícil de imaginar, si no se visualiza en un mapa. (Ver mapa de la Liga Federal).

Sin embargo, todo ese poder que Artigas había acumulado pareció desaparecer, cuando un día del mes de setiembre del año 1820, el Jefe de la Revolución Oriental, cruzó el Alto Paraná, por el Paso del Boquerón y se internó en la selva paraguaya. Iba acompañado por un grupo muy pequeño de hombres, entre los cuales estaban sus fieles compañeros, Ansina y Montevideo, -o mejor expresado, Joaquín Lencina y Montevideo Martínez-, dos esclavos libertos que adoraban a Artigas y se negaron a abandonarlo en tales circunstancias. Ni siquiera Melchora Cuenca, su mujer en ese momento, lo acompañó; ella quedó en tierra oriental con sus hijos, Santiago (4 años) y María (1 año).

Como correspondía, Artigas solicitó permiso al “Gobernador Supremo”, Gaspar Rodríguez de Francia, para ingresar al territorio paraguayo, esperando con un grupo de sus hombres, en la orilla del Alto Paraná. Finalmente…. “llega la orden, podrá ingresar con algunos de sus seguidores, doce de su escolta personal, vadeará el Paraná por Candelaria, Misiones, el martes 5 de setiembre de 1820 es el último día que pisa suelo de su Patria”.

Entre los que acompañaron al Jefe Oriental hasta allí estaba el cacique guaraní, Matías Abacú, con algunos de sus hombres; y también el Teniente Andrés Latorre, uno de los mejores y más fieles amigos de Artigas. Gracias a Latorre se confirma la teoría de que Artigas no fue a refugiarse vencido a Paraguay, sino que fue a buscar ayuda para proseguir la lucha.

Además de los mencionados Ansina (Joaquín Lencina), de 60 años, y Montevideo Martínez. También estaba Manuel Antonio Ledesma, un sargento de raza negra al que la historiografía ha confundido con Ansina, en cuanto al nombre y aspecto físico, a tal punto que se afirma que la estatua que hay en Tres Cruces homenajeando a Ansina, en realidad tiene la fisonomía de Ledesma y que cuando se dieron cuenta del error cometido cambiaron la placa que decía “Manuel Antonio Ledesma_ Ansina”, por la actual. Pero esta ya es otra historia, que en algún momento contaremos.

La Otra Vida De Artigas

Al entrar en tierras paraguayas Artigas se encontró con una situación política interna muy complicada. Una conspiración para derrocar a “El Supremo” (así se hacía llamar Francia), llegó a conocimiento del dictador por una infidencia religiosa, y tomó medidas drásticas contra los complotados, algunos de ellos amigos y simpatizantes de Artigas, entre ellos Fulgencio Yegros, que será fusilado el 17 de julio de 1821.

Artigas llegó a Asunción el 16 de setiembre de 1820 y una celda conventual, en el Convento de la Merced, fue su habitación primera. No pudo exponer personalmente sus ideas y planes al jefe absoluto de Paraguay, porque nunca lo recibió, ni respondió a sus cartas.

Nuestro Prócer iba sin más equipaje que una alforja o maleta, de esas que se ponen sobre el caballo, y sus ropas en muy mal estado. ¡Imaginen los lectores esa larga travesía a lomo de caballo!

En documentos oficiales paraguayos consta que, “por suprema orden verbal se le suministrará a don José Artigas a su llegada a esta Capital todo lo necesario para su decente vestuario y ropa interior” (16-09-1820).

El dictador Francia ordenó dispersar a los acompañantes de Artigas en tres pueblos distintos, Guarambaré, Cambacuá y Laurently. De modo que solo quedó a su lado Joaquín Lencina, (Ansina).

“Los paraguayos que habían conocido personalmente a Artigas, rendían culto a su heroísmo, y trasuntaron su admiración en coplas que con arpas y guitarras recorrían los pueblos. Cuál no sería el asombro de “El Supremo” cuando se enteró de que en Asunción se entonaban coplas artiguistas, lo que lo llevó a tomar medidas represivas. (En el Archivo Nacional de Asunción se guardan las fojas de un proceso movido en contra de los cantores, músicos y acompañantes que cantabandichas coplas)”.

Artigas no llevó dinero para comprar favores en el suelo paraguayo. Todo el dinero que le quedaba lo depositó en manos de Francisco de los Santos, en el campamento de Candelaria, para que lo entregara a los patriotas prisioneros en la cárcel lusitana de Isla Das Cobras (en Río de Janeiro) <<Paisanos -dicen que dijo Artigas- vamos a reunir toda la plata que tenemos y mandársela con un chasque. Hay 4 mil patacones del ejército y yo pongo 25 onzas de oro que tengo. Pero alguien tiene que llevar este auxilio...¿quién se ofrece voluntario?....>>
<<Yo me animo, mi General- el jinete que se ha adelantado, sofrenando su caballo delante de Artigas, es el sargento guaraní Francisco de los Santos.>>

“No era dinero lo que necesitaba Artigas en el Paraguay, ni siquiera el batallón heterogéneo de orientales, santafesinos, correntinos y misioneros, que lo acompañó hasta la frontera. Cuando le dijo al Capitán Andrés Latorre que lo esperara, porque regresaría, aunque se lo pusiera preso, Artigas confiaba en sus amigos paraguayos entre los cuales estaba el prestigioso Fulgencio Yegros, el amigo con el cual había luchado en contra de los invasores ingleses. Latorre lo esperó al jefe durante muchos años. Cuando pudo enviarle un mensaje a su esposa desde Santa Fé a la Banda Oriental, el 26 de febrero de 1823, le manifestó que Artigas le había prometido regresar”.

Para alejar a Artigas de la capital se dispuso su internación a 76 leguas de Asunción (380 km). El 25 de diciembre de 1820, el Gobernador Perpetuo remitió el siguiente oficio: “Habiéndose dispuesto que Dn. José Artigas pase a morar en la Villa de San Isidro; el Tesorero de Guerra le proveerá competentemente de los efectos que puedan ser útiles para su decente vestuario y ropa interior presentando la Nota de ellos con agregación de los que a su llegada se le administraron por el mismo fin, unos y otros con expresión del costo que haya tenido su compra”……(Este documento se halla en Montevideo, en el Archivo Nacional).

Así fue que Artigas pasó de su reclusión en el Convento de la Merced al aislamiento político en los alrededores de la villa San Isidro de Curuguaty, acompañado de Ansina. Ese no era un lugar despoblado, allí estaban los mejores yerbatales paraguayos.

El Dictador Perpetuo se jactaba de tenerlo “inmovilizado” a Artigas, acto que agigantaba el concepto que tenía de sí mismo.

Se le enviaba mensualmente una onza de oro; cantidad que alcanzaba y sobraba en aquella villa, emporio de riqueza entonces, con más de 14.000 habitantes, con la vida tan frugal y ordenada que llevaba Artigas. Con los años esta ayuda económica desapareció, porque las autoridades se enteraron que Artigas utilizaba parte del dinero ayudando a los pobres.

En Curuguaty estuvo 20 años; cultivando la tierra y criando animales. Fue en esta localidad donde conoció a Clara Gómez Alonso, quien fue la mujer que vivió más tiempo a su lado; y de esta unión nació en 1827, Juan Simeón Gómez, el último hijo de su larga prole. (Ver “Las mujeres de Artigas”, revista CENTRO, N°57, junio 2014).

Este último hijo, -que tenía el apellido de su madre porque Artigas era casado con Melchora Cuenca y ese matrimonio no estaba anulado-, llegó a ser teniente coronel del ejército paraguayo, y hombre de confianza del Presidente Francisco Solano López.

Juan Simeón, a su vez, dejó descendencia paraguaya, razón por la cual existen muchos “ñemoñaré”, que en lengua guaraní significa descendientes o descendencia. (Esto último ha sido investigado por el escritor Nelson Caula y desarrollado en una saga de tres libros: “Artigas Ñemoñaré”).

Cuentan vecinos paraguayos de Curuguaty, cuyos antepasados conocieron a Artigas, que el “Karaí Marangatú” (el Don Bueno, o Señor bueno), ayudaba en lo que podía con productos de la tierra y hasta con dinero, a los vecinos más humildes. También lo llamaban “Karaí Guazú” (Gran señor), título que también le dieron a Francisco Solano López.

Por otra parte, el escritor Gonzalo Abella recoge el apodo de “Oberavá Karaí” (Señor que resplandece), título con que los guaraníes de la zona de Curuguaty se referían a Artigas.

No obstante su pasividad en el exilio, por precaución, José Artigas fue arrestado algunos días después de la muerte de “El Supremo”, ocurrida el 20 de septiembre de 1840. Antes de morir Francia había expresado: <<Si quieren tener paz por algunos años, prendan a Artigas>>. Eso hizo la junta militar que tomó el poder: lo apresaron y lo engrillaron, con 76 años.

Así estuvo durante casi un año, hasta que el nuevo gobierno de Carlos Antonio López, primer presidente constitucional del Paraguay, lo hizo trasladar a Asunción, donde vivió por casi diez años, en la quinta de Ibiray, propiedad del presidente, rodeado del afecto de sus vecinos paraguayos.

En Paraguay visitaron a nuestro Héroe algunas personalidades; a Curuguaty llegó el médico y sabio naturista francés Amado Bonpland (en 1831); en Ibiray lo conoció el Dr. Alfred Demersay (en1846), quien realizó el único retrato del natural de Artigas, con la técnica de litografía.

También en Ibiray lo visitó, en el año 1846, su hijo, José María Artigas Villagrán, (concebido con su primera esposa -y prima- Rosalía Villagrán), intentando que regresara a su patria. Lo que no fue aceptado por el Prócer.

Allí falleció, el 23 de septiembre de 1850, a los 86 años de edad. “En la mañana del día siguiente, un carretón sin toldo, arrastrado por bueyes, traqueteando, llevó su cadáver desde el rancho hasta la fosa del camposanto de los insolventes... “tercer sepulcro del número veintiséis del cementerio general... un adulto llamado José Artigas, extranjero...”, anotó el cura enterrador. Lo acompañaron solo cuatro personas, uno de ellos era Ansina…”.

Después está lo más conocido: la repatriación de los restos en el año 1855, el peregrinar de la urna con las cenizas del Prócer por varios lugares; y finalmente la construcción del Mausoleo.

Cuando Ansina, (que era payador y poeta, tal vez el primero que tuvieron las letras orientales, junto a Bartolomé Hidalgo), descubrió un día que se habían llevado los restos de su jefe y amigo, del cementerio que visitaba frecuentemente, escribió un conocido poema del cual voy a copiar solo un fragmento, por su extensión:

Frente a la tumba de Artigas
Escuché voces amigas
Que me explicaron el misterio
Se lo llevaron a Artigas
Los orientales del Ministerio
Se llevaron la piedra y los huesos
Dejando la tierra colorada
Se olvidaron los ministros esos
De algo que es mucho y es nada
Olvidaron la sombra de Artigas
Así dejaron al negro Ansina
Como trigo perdido entre las espigas
Allí volveré. ¡Me echarán tierra encima!
Joaquín Lencina

Por: Wilson Mesa

Fuentes de Información:
Daniel Hamerly Dupuy – Lagomarsino: Libro ”Rasgos biográficos de José Artigas en Paraguay”.
Nelson Caula: Libro “Artigas Ñemoñaré”, tomo 1.
Gonzalo Abella: Libro “El resplandor desconocido”.
Jesualdo Sosa: Libro “Artigas”.
Dr. Andrés Avelino Escobar: Libro “Crónicas y semblanzas de Guarambaré”.
Imágenes: Sacadas de Internet.

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