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¿Hay un Uruguay Guaraní?

La mayoría de los uruguayos tenemos, como una premisa orgullosamente indiscutible, que los pobladores originarios del territorio de la Banda Oriental fueron los charrúas.

Y nos hemos aferrado siempre a ese sentimiento de pertenecer a la “tierra charrúa” y de haber “heredado” de ellos la valentía, la defensa del territorio, la rebeldía contra el invasor y su negativa al mestizaje con el hombre blanco.

Y escribo la palabra “heredado” entre comillas, porque es sabido que, en realidad, la enorme mayoría de nuestros antepasados bajaron de los barcos, provenientes de allende los mares, como un producto de sucesivas inmigraciones que fueron poblando nuestro país.

Sin embargo, cada vez más, aparecen historiadores y antropólogos que reivindican el papel que jugaron los indígenas guaraníes en nuestra historia; y muy especialmente en la toponimia que ha llegado hasta nuestros días.

Si queremos relacionar este tema con nuestro entorno más cercano, podemos preguntarnos ¿qué tendrían que ver los indígenas guaraníes con Atlántida?

La respuesta es: Tienen que ver exactamente lo mismo que con el resto del país, comenzando por el nombre, URUGUAY, primera gran voz guaraní que nos interpela desde el fondo de la historia. Esta palabra, a la que muy románticamente, Zorrilla de San Martín, describió como “Río de los pájaros pintados”; según otros autores significa “Río de los caracoles”, o, aún más simplemente “Río de las gallinetas”.

Pero además, ahí bien cerquita, tenemos el Río de la Plata, motivo principal de la existencia de estas costas como atractivo turístico de gran belleza. De él nos dijeron desde niños que los indígenas lo llamaban “PARANÁ GUAZÚ” (Gran pariente del mar, o, pariente del mar grande). Con respecto a este nombre, debo decir que nunca quedaba muy claro qué indígenas eran esos que lo habían originado ¡Pues resulta que también fueron los guaraníes!

Y lo mismo sucede con gran cantidad de palabras que aparecen nombrando ríos, arroyos, sierras, cuchillas, cerros, lugares, animales, árboles, etc.

¿Por qué razón los guaraníes fueron los grandes “nombradores” de nuestra geografía?

En primer lugar hay una explicación básica en el hecho de que los indígenas guaraníes recorrieron todo el sur del continente, mucho antes que lo hicieran los conquistadores españoles y portugueses, y fueron dando nombre a los lugares y accidentes geográficos que iban conociendo.

El hecho de poner nombres a las cosas es de cierta manera, crearlas. Considerando esto, los guaraníes deben ser considerados como los “creadores” de la geografía continental y no solo de nuestro país. Porque ellos hicieron conocer a los colonizadores la tierra que descubrieron y exploraron. Cuando, mucho después, vinieron como baqueanos acompañando a militares y misioneros hispanos y portugueses, se produjo un proceso que era el siguiente: Los baqueanos daban el nombre guaraní, o tal vez traducían el que aportaban los lugareños, para un río, un cerro, una quebrada. Y los europeos anotaban el nombre en sus mapas y documentos, pero sin preocuparse de investigar el significado de esas palabras guaraníes. Entonces se produjo la desventaja actual de no conocer con total seguridad el significado de una buena parte de los nombres guaraníes consignados en la toponimia nacional.

A título de ejemplo solamente, son voces guaraníes: Arapey, Cuareim, Daymán, Queguay, Tacuarí, Guazunambí, Arerunguá, Tacuarembó, Aiguá, Carapé, Guaviyú, Batoví, Arequita, Mbopicuá, Iporá, Cuñapirú, Tupambaé, Chuy, Aceguá, Yí….

También dieron nombres a animales y plantas y, por tal razón, contribuyeron mucho en la formación de la primera nomenclatura “científica” de muchos ejemplares del Nuevo Mundo; así tenemos, por ejemplo: Yacaré, Guazuvirá, Yaguarí, Mainumbí, Coendú, Ñandú, Timbó, Ibirapitá, Mburucuyá, Ombú, Yatay, Ñandubay, Guaviyú.

Y hablando de herencias guaraníes, hay que mencionar la más popular de todas, el MATE, que es nuestra bebida nacional, por excelencia.

El periodista Leonardo Haberkorn, que realizó una investigación sobre este tema del “Uruguay Guaraní”, al respecto plantea lo siguiente:

“¿Cómo pudo suceder que un país que lleva nombre guaraní y que tiene al mate como bebida nacional olvidara tan terminantemente el aporte de estos indios?”

Responden algunos entrevistados por Haberkorn:

Dice Oscar Padrón Favre: “Hubo una tendencia de los nacionalismos de fines del siglo XIX, que se repitió en toda América. Cada país trataba de tener un indio propio. Ahí apareció el Azteca como símbolo de México, a pesar de que en ese país vivieron, y viven, otra gran cantidad de pueblos originarios; el Inca como símbolo del Perú; el Guaraní quedó identificado con Paraguay; y en Uruguay apareció el Charrúa como símbolo”.

“Y se eligió a los charrúas –continuó el historiador– por una razón muy simple: porque estaban muertos. En esa época había un racismo muy fuerte. El progreso era posible únicamente si éramos un país 100% blanco. Entonces si los únicos indios de Uruguay habían desaparecido, éramos un país homogéneamente blanco, el único de América. Y como estaban muertos, reivindicar a los charrúas no tenía ningún efecto social”.

La historiadora Ana Ribeiro realizó un análisis similar: “En 1930 se construyó en Uruguay el imaginario de un país joven, poderoso, blanco y orgulloso. Estaba claro que no se podía ser blanco y magnífico si se tenía un antepasado indio. Entonces ahí aparecieron los Charrúas, el indio indómito, ejemplo de heroísmo y valentía, un pasado muy lejano que no manchaba la pureza blanca del nuevo país ni ofrecía ningún peligro; como estaban todos muertos podían ser elevados a la categoría de emblema, de mito. Lo mismo pasó con los gauchos: mientras existieron fueron considerados un peligro, un mal. Cuando dejaron de existir, pasaron a ser reivindicados. Para el pueblo resultó mucho más atractivo identificarse con el indio rebelde, que se sacrificó, que nunca aceptó al europeo ni al cristianismo, que recordar a los Guaraníes que, en cambio, trabajaron humildemente al servicio de cualquier encomendero”, afirma Ana Ribeiro.

El otro gran aporte guaraní al Uruguay fue el de la sangre. “Muchos miles de uruguayos descienden de ellos”, sostuvo Padrón Favre. Daniel Vidart coincide en que: “el componente amerindio de nuestra sociedad es guaraní, no charrúa”. Y Renzo Pi Hugarte remata con esta afirmación: “Es indudable que el chinerío de campaña, que todavía se ve en los bordes de los pueblos, esa gente de rasgos indios, de pelo chuzo, son descendientes de guaraníes de las misiones y no de charrúas, que nunca se mezclaron con el blanco”.

¿Cómo fue que los guaraníes llegaron hasta el Río de la Plata?

En 1607 se crearon las Misiones jesuíticas y con ellas comenzaron a surgir a orillas de los grandes ríos Paraná, Paraguay y Uruguay, reducciones de indios creadas por los jesuitas. Estas fueron creciendo hasta la expulsión de los jesuitas de América, en el año 1767.

La inmensa mayoría de los indios reducidos en las Misiones (durante 160 años) eran guaraníes, que fueron convertidos a la fe católica, aplicaron y perfeccionaron sus conocimientos ganaderos y agrícolas y aprendieron a desarrollar diversos oficios manuales.

De un modo u otro, los 30 pueblos que conformaron las Misiones reunieron una enorme población. Padrón Favre anota que, en 1729, cuando Montevideo tenía apenas 300 vecinos, las Misiones estaban pobladas por 140.000 guaraníes.

El principal recurso alimenticio para semejante población era el ganado vacuno que se había multiplicado prodigiosamente en la Banda Oriental, ya conocida como la “Vaquería del Mar”.

Para aprovisionar a sus pueblos, los jesuitas enviaban al sur de la Banda Oriental a grupos de 60 troperos guaraníes que, acompañados de dos sacerdotes y de una tropilla de caballos, efectuaban gigantescas arreadas de vacunos hacia el norte. Fue entonces cuando los guaraníes comenzaron a venir, y algunos a quedarse en la Banda Oriental.

Los guaraníes también escaparon de las Misiones huyendo de las epidemias. Pero fueron muchos más los que llegaron a la Banda Oriental como soldados al servicio de la corona española, que muchas veces los reclutó para servir en sus ejércitos. España se valió repetidamente de los guaraníes de las Misiones para combatir en nuestro actual territorio a los portugueses y a los charrúas. En las campañas contra los indios salvajes, 2.000 guaraníes se enfrentaron a los charrúas en 1702, en la sangrienta batalla del Yí, un choque que duró cinco días.

¿Cuántos guaraníes llegaron a vivir en Uruguay?

González Rissotto y Rodríguez Varese investigaron años atrás las actas de bautismos y defunciones existentes en los registros parroquiales desde la época colonial hasta 1851 y detectaron casi 30.000 pobladores guaraníes.

Para la escasa población que entonces tenía el país –algo más de 70.000 habitantes al momento de la independencia– la cifra de fichas parroquiales de indios guaraníes es muy importante.

Además, esos indios –a diferencia de los charrúas– sí se mestizaron. La población charrúa en la Banda Oriental –que según las fuentes más serias jamás sobrepasó las 5.000 almas– nunca aceptó la religión cristiana ni las pautas de conducta y trabajo que traían los europeos. Tampoco aceptaron mezclarse con los blancos. “El charrúa fue hasta el final un grupo endógamo, muy cerrado. Obviamente, algún cruce existió, pero fueron casos aislados, excepcionales. El 95% de quienes tienen algún antepasado indio, tiene sangre guaraní y no charrúa”, sostiene Daniel Vidart.

Los Tapes

Los guaraníes tuvieron un importante papel en la construcción de varias ciudades y pueblos de Uruguay. Vulgarmente se les llamaba Tapes.

Los arqueólogos Leonel Cabrera y María del Carmen Curbelo, en su trabajo “Aspectos sociodemográficos de la influencia guaraní en el sur de la antigua Banda Oriental”, informan que: En el año 1724, 1.000 guaraníes, acompañados por dos religiosos, llegaron a Montevideo para levantar sus murallas. Cabrera y Curbelo señalan que los indios misioneros también levantaron las primeras fortificaciones de Santa Teresa y Maldonado.

Más adelante en el tiempo, las poblaciones de Minas y San José, fundadas en 1783, fueron levantadas por indios Tapes.

Cuatro guaraníes entre los Treinta y Tres Orientales

Para el historiador Oscar Padrón Favre, “los Treinta y Tres Orientales son un muestreo de lo que era la sociedad de entonces: había patricios como Manuel Oribe; caudillos, como Juan Antonio Lavalleja; gauchos, como Andrés Cheveste; negros esclavos, como Dionisio Oribe y Joaquín Artigas; y cuatro guaraníes Pedro Areguatí, Felipe Carapé, Francisco Romero y Luciano Romero “.

El antropólogo Daniel Vidart ha escrito sobre los guaraníes porque cree que se está cometiendo una gran injusticia histórica: “De los guaraníes que pelearon con Artigas ya ni se habla. Se habla mucho del caciquillo charrúa Manuel Artigas, pero de Andresito Guacurarí, Sotelo y Sití, los caciques guaraníes artiguistas, nadie se acuerda”.

Para Daniel Vidart, “los charrúas sólo dejaron un extraordinario ejemplo de valentía, de resistir hasta las últimas fuerzas. Pasaron como una sombra heroica, pero no dejaron huellas en nuestro pueblo. No puede atribuírseles un aporte demográfico y cultural que no tuvieron. Y no se puede equipararlos al peso efectivo que sí tuvieron los guaraníes en la formación del Uruguay”.

Un último apunte: En un registro lingüístico hecho por el Padre Dámaso Antonio Larrañaga en 1816, se anota que la lengua más hablada en la Banda Oriental era el guaraní, luego el castellano, seguido por el charrúa, otras lenguas ibéricas, lenguas africanas y luego otras lenguas indígenas.

Fuentes de información: Martín Delgado Cultelli: “Historia del Guaraní en el Uruguay”. Lafone Quevedo: “Nomenclatura Indígena, 1890”. Leonel Cabrera y María del Carmen Curbelo: “Aspectos sociodemográficos de la influencia guaraní en el sur de la antigua Banda Oriental”. Renzo Pi Hugarte: “Indios del Uruguay”, Editorial Banda Oriental, 1993. Leonardo Haberkorn: “Uruguay, tierra guaraní”, Blog El Informante. 2008. Dr. Anselmo Jover Peralta: “Recopilación de voces charrúas”, Almanaque del Banco de Seguros del Estado, año 1965. Imágenes: Retrato de Andresito; Plano de una Misión Jesuita típica; el mate como bebida nacional; ruinas misioneras.

Por: Wilson Mesa

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